viernes, 5 de octubre de 2012

Un poco de ego, un mucho de Steve Jobs y un recuerdo para un colega que ya no está


Qué ilusión cuando llegan en su cajita de cartón

Me vais a perdonar que no me disculpe por no escribir aquí con la asiduidad y la regularidad que recomiendan once de cada diez guruses de la comunicación y la tecnología dos-punto-cero-patatero y que lo justifique con una negación muy simple: no soy bloguero. De hecho, no entiendo esa definición que tanto se estila ahora de llamar a alguien bloguero como quien dice carpintero, labriego o astrofísico. No sé si existirá tal cosa como profesión (más o menos remunerada, que eso es lo que lo distinguiría de una afición), ni me interesa, pero me sorprende que ahora hay mucha gente a la que se la define como tal: «Perico de los Palotes, bloguero», «Fulanita de Tal, bloguera»... Soy muchas cosas, pero bloguero no. Que llevo un blog y escribo en él cuando me viene en gana, eso sí. Pero como me paso casi todo el tiempo escribiendo cosas para poder pagarme la manutención y otros lujos, me viene en gana muy rara vez. Y para escribir sin pensar ya está el Twitter, ese bendito y efímero sumidero de locuacidades y desvaríos breves que sirve para un roto y para un descosido en lo que a comunicar respecta.
Aclarado todo esto, acudo aquí una vez más para darme esa dosis que de vez en cuando necesita uno de autobombo y para hablar en esta nuestra «egoblogomierda» (acertado y cachondo concepto made by eulez) de mi —penúltimo o antepenúltimo, ya no me acuerdo— libro traducido, como suelo hacer cada vez que me llega en el correo el paquete de cartón con los ejemplares impresos que me corresponden por contrato (que a veces son dos y otras, cinco, según la generosidad de cada editorial).
Pues bien, esta vez toca dar el parte de Apple. El legado de Steve Jobs. La verdad sobre cómo funciona la empresa más admirada y hermética de Estados Unidos, de Adam Lashinsky. Sale a la venta el 10 de octubre en papel y versión digital (aunque de esa versión no me dan ningún ejemplar: cosas del «nuevo paradigma editorial»). Aquí está la ficha en la web de Aguilar.


No era tan santo ni tan paciente

Todos esos títulos y subtítulos ya lo dicen todo (demasiado, en mi opinión, pero como los traductores no ponemos los títulos de los libros...). Lashinsky, periodista de la norteamericana revista Fortune, se ha dedicado a hablar con personal que ha trabajado o trabaja en Apple y a destripar los entresijos del funcionamiento de la empresa que ha revolucionado varias veces varias industrias. Aprovecha el autor para elaborar, con todos esos testimonios y análisis de primera mano, una suerte de manual paso a paso de lo que una empresa debería hacer para emular los éxitos de esa paradoja del mundo empresarial que es Apple y para explicar por qué no hay otras empresas que hayan seguido ese modelo.
En mi opinión, aparte de por esto, la lectura es interesante por dos enfoques que plantea Lashinsky. En primer lugar, al lector que no sea emprendedor de altos vuelos, CEO, CFO, alto ejecutivo, director gerente o cualquier otro pomposo cargo empresarial de esos, le interesará el repasillo que le da a la historia de Steve Jobs y a su peculiar manera de ver el mundo de los negocios y de las relaciones con sus semejantes (directivos y empleados suyos, mayormente), su modo de entender el diseño de productos y su visión del mundo en general. El que espere una semblanza de tintes hagiográficos de Jobs se llevará un chasco, porque el tipo no era ningún santo y eso queda patente desde la primera hasta la última página del libro. Aunque eso no quita que se lo retrate como el genio que era en lo suyo, cuidado.
Y en segundo lugar, a aquellos que, como yo, han seguido con cierto interés los avatares (ahora es cuando muchos mirarán el diccionario y verán que este «avatar» no es ni aquel ecowestern de indios azules de Cameron ni la fotito en miniatura de los perfiles de internet) de Apple como fabricante y, sobre todo, excelente vendedora de productos «rematadamente buenos» desde sus inicios les puede interesar el análisis que plantea el libro sobre cómo le podrían ir las cosas a la empresa ahora que el santo Jobs —que de paciente no tenía nada— ya no está en aquel valle de lágrimas de silicio (ojo, no de silicona, como se lee por ahí) para hipercontrolarlo todo, así como los pormenorizados perfiles que traza el autor de quienes llevan ahora las riendas de Apple.
Nunca he sido uno de esos «mac-evangelizadores» talibanes para quienes el mundo wintel era «el lado oscuro» y hasta tengo un mini PC con Windows desde hace unos meses (que es un truño, sí, pero funciona y me costó sólo 200 eurillos), pero debo reconocer que para la traducción del libro me ha servido de mucho ser usuario de los Macs y de todos esos otros artilugios derivados de ellos desde finales de los ochenta. Esa familiaridad con el tema ayuda mucho cuando te enfrentas a un texto plagado de referencias a gentes, situaciones e incluso objetos concretos de otro país y otra cultura.
Para terminar con este rollete, quiero dedicarle un recuerdo a mi colega traductor Miguel Llorens, recientemente fallecido. Me surgieron unos cuantos problemas en la traducción de la jerga del ámbito económico-financiero y del galimatías de cargos y puestos directivos que componen el organigrama de Apple y tuve la suerte de poder contar con la generosa y utilísima ayuda de Miguel, un experto en esos campos y mordaz analista de muchas otras cosas, a quien le estoy más que agradecido y a quien me gustaría haberle dedicado la traducción de este libro si a los traductores nos dejasen dedicar nuestras obras.

jueves, 5 de julio de 2012

Homenaje a la Alicia de Lewis Carroll


Una cubierta antigua, de cuando no había e-books.

Con motivo del 150º aniversario de Alice's Adventures in Wonderland, el regalo que nos hizo Lewis Carroll, ACEtt propuso a modo de concurso la traducción de un famoso poema que contiene un acróstico con el nombre de la niña que, según afirman algunos, inspiró al escritor el personale de su famoso relato fantástico: Alice Pleasance Liddell (el nombre puede leerse tomando la letra inicial de cada verso del poema).

El poema original en cuestión es este:

A boat beneath a sunny sky,

Lingering onward dreamily
In an evening of July—

Children three that nestle near,
Eager eye and willing ear,
Pleased a simple tale to hear—

Long has paled that sunny sky:
Echoes fade and memories die.
Autumn frosts have slain July.

Still she haunts me, phantomwise,

Alice moving under skies
Never seen by waking eyes.

Children yet, the tale to hear,

Eager eye and willing ear,
Lovingly shall nestle near.

In a Wonderland they lie,

Dreaming as the days go by,

Dreaming as the summers die:

Ever drifting down the stream—

Lingering in the golden gleam—

Life, what is it but a dream?

Y aquí está mi contribución al concurso. No gané (aquí podéis ver la traducción ganadora), pero le dediqué un rato y me lo pasé la mar de bien intentando cuadrar la rima y el endiablado acróstico. Últimamente he traducido poesía pero de manera más libre y, la verdad, no hay como la libertad para traducir poesía: como te metan un acróstico por delante y una rima consonante por detrás, estás lo que se dice bien jodido. Un faenón, vamos.

Avanza una barca bajo un cielo soleado,
Lentamente, flota con aire ensoñado,
Ido ya el mediodía de julio, superado...

Cercanas, tres niñas yacen acurrucadas,
El oído atento, un brillo en las miradas,
Por oír un simple cuento alborozadas...

Largo tiempo hace que el soleado cielo murió,
Extinguiéronse sus ecos, su recuerdo pereció
A manos del otoño aquel julio sucumbió.

Sigue ella rondándome, empero, espectral:
Alicia, que camina bajo una bóveda celestial
Nunca jamás contemplada por el ojo mortal.

Confían aún en escuchar el cuento,
El brillo en la mirada, el oído atento,
Las niñas acurrucadas en su asiento.

Intérnanse en un país de maravillas,
Día tras día sueñan sin pesadillas,
Difunto el verano, sueñan las chiquillas.

Empujada cauce abajo por la corriente...
Languideciendo en el oro resplandeciente...
La vida, ¿qué es sino un ensueño de la mente?


domingo, 3 de junio de 2012

Chismicos electrónicos para leer libros

Recientemente he tenido la oportunidad de tener en mis manos cuatro o cinco modelos de lectores de e-books, además de una tableta iPad de Apple. La verdad es que me he acercado a esos aparatos sin ninguna intención de analizarlos y sin idea preconcebida alguna, pero como uno se viene dedicando a esto de los libros desde hace mucho, pues iba siendo ya hora de darles un mirao a esos chismes de los que tanto hablan desde la peluquera de mi barrio en la cola de la panadería hasta los gurús de las nuevas tecnologías en la cola de Twitter.

Pues bien, después de haber visto un puñado de ellos, los lectores de libros electrónicos tienen la curiosa virtud de suscitar en mí una doble —y sin duda paradójica— actitud: la de neoludita recalcitrante y la de tecnoyonqui hipercrítico.

¿Alguien se acuerda hoy de tecnologías tan novedosas, innovadoras y revolucionarias como fueron en su día el reloj-calculadora de pulsera, la agenda electrónica de bolsillo —y su versión más desternillante todavía, el traductor electrónico de bolsillo, que iba a ser nuestro compañero inseparable en los viajes y las reuniones de trabajo con clientes y colaboradores extranjeros— o el radio-reloj despertador que fallaba más que una escopeta de feria? Bien, pues a mí —y a mucha otra gente, que tampoco voy a ir de gurú ni de visionario de nada— esos artilugios me parecieron ya obsoletos cuando los vi por primera vez en el escaparate de algún bazar de electrónica (ya el nombre de «bazar de electrónica» suena a cosa rancia a pilas, a tecnología de chichinabo, a artefactos de plástico fabricados en China que hacen bip-bip y otros ruiditos; el equivalente actual son claramente los bazares de chinos que proliferan como una plaga por nuestras ciudades y pueblos), aquellos establecimientos donde uno podía adquirir desde una calculadora con senos, cosenos, tangentes y cotangentes que nunca iba a utilizar o cualquier modelo posible de reloj de pulsera digital hasta un ventilador de plástico para el coche o un kit de limpieza para el reproductor de vídeo VHS. Pues, perdonen mi atrevimiento o mi ignorancia, pero es en esos bazares donde yo ubicaría el hábitat natural de esos lectores de e-books.

Dale caña, Bill, que los carga el diablo.

Además, como usuario de Mac que soy desde siempre, a los lectores de libros electrónicos les encuentro un tufillo repelente a microsoftada, a tecnología hecha por técnicos-técnicos para usuarios de cosas técnicas, no a una tecnología desarrollada por técnicos-diseñadores para usuarios humanos de tecnología avanzada. Cuando leo el texto de un libro en esos dispositivos tengo la sensación de estar leyendo directamente en un documento Excel. Y en eso tengo experiencia, ya que he tenido que leer muchos textos y hacer muchas traducciones en ese incómodo formato de Microsoft que, por absurdo que parezca, muchas agencias tienen la mala costumbre de utilizar para entregar trabajos a los traductores. Pero cuidado, que eso mismo también me ha pasado con algunos libros en papel, mayormente libros técnicos de editoriales especializadas —y cutres, por llamarlas de alguna manera—, que parecían hojas de cálculo de Excel impresas directamente en la láser de la oficina y encuadernadas en tapa blanda (aunque los editores deberían haberlos encuadernado con canutillo de plástico, que estéticamente pega más con el look Excel).

Puesto que sólo les he dado un somero vistazo, no voy a hablar de otros inconvenientes como la multitud de formatos e incompatibilidades, unos gráficos en mapa de bits que ni en la década de 1980 eran tan feos, los problemas de «descomposición» tipográfica de esos textos o la ausencia —o presencia molesta y muy malamente diseñada— de márgenes, folios, índices, bibliografías y otros elementos de navegación y de facilitación de la lectura que han hecho del libro impreso un objeto que ha soportado el transcurrir de cinco siglos y que sigue funcionando perfectamente en la actualidad.

En fin, espero que la cosa mejore, señores diseñadores y fabricantes de estos dispositivos y señores diseñadores y editores de estos libros electrónicos, porque tampoco se trata de negar que la idea es buena. Pero me da en la nariz que el tema del libro electrónico va a ir más por la vía de las tabletas como el iPad, del que de momento no tengo nada que decir, ni bueno ni malo, salvo que es un iPhone gigante muy bonito que no sirve para llamar por teléfono y cuya utilidad para mí hasta ahora no he descubierto, pero cuya interfaz y cuyas aplicaciones están diseñadas para parecerse más a las cosas del mundo real donde vivimos los seres humanos. En resumidas cuentas, que yo, si leo un libro, lo menos que le pido es que se parezca a un libro.

lunes, 26 de marzo de 2012

En la casa del traductor, o aquí no hay quien viva


No sé el resto de la comunidad freelance doméstica cómo lo lleva, pero yo hay días en los que merecería cobrar una pasta —a ser posible, gansa— solamente por estar en mi casa (trabajando o no).

Curiosamente, esos días suelen coincidir —¡Hola, Murphy!— con los de más trabajo, con esos días en los que uno está especialmente enfrascado en alguna de esas tareas difíciles y absorbentes que los traductores tenemos la manía de acometer para ganarnos las lentejas.

Creo que, si algún día les da por legislar la actividad profesional del autónomo que curra en casa, deberíamos pedir que las comunidades de propietarios de los edificios donde residimos y trabajamos nos abonen periódicamente unos honorarios que se correspondan con esas labores de conserjería, atención al público y vigilancia de la finca que tan diligentemente desempeñamos todos los santos días laborables.

Además de estar siempre disponibles para levantarnos de nuestra incómoda silla del despacho, abandonar alegremente la insignificante traducción que estamos haciendo —no sin antes pulsar +s por si se va la luz—, desplazarnos dichosos hasta la cocina, descolgar el telefonillo y responder con toda amabilidad al cartero de Correos (que ya sabe que tiene que llamar a tu piso porque eres el único que está siempre), al que no es de Correos (lo de la liberalización del negocio postal es una murga añadida: ahora ya no hay un cartero, sino varios), al que viene a dejar una carta en el buzón para el vecino del 5º B y que siempre te lo justifica diciendo: «Es que no está en casa» (pues claro que no está: digo yo que si estuviera no me darías a mí el coñazo con la cartita), al que viene a arreglar el ascensor, al de la revisión de las calderas, al de la antena parabólica de la azotea, al chino que te grita: «¡Polopaganda comelcial!» y a toda esa variada fauna que acude en tropel a tu portero automático, además de eso, repito, recibimos a otras especies que, sirviéndose de no sé qué ardides, logran sortear la barrera del portal de la calle y cuya llamada a la puerta de nuestro domicilio es siempre motivo de dicha; a saber:

Los del tal Jehová te preguntan y acto seguido te invitan a conocer la respuesta. 
Les da igual cómo lo veas, tú.

Los testigos de Jehová, que son los reyes y reinas del puerta a puerta. Mi conjetura es que son tan incorpóreos y espirituales que logran acceder a la escalera de vecinos colándose por debajo de la puerta de la calle o por el ojo de la cerradura. Van de dos en dos, como la Guardia Civil —yo juego a adivinar quién de los dos es el cabo y quién el número; un día se lo pregunté a una pareja de ellos y, como es natural, no entendieron el chiste—, en lo que es una clara estrategia para superarte en número y aprovecharse de que estás con la guardia baja para preguntarte cosas raras y a la vez proponerte las respuestas. Siempre se agradece que te interrumpan cuando estás trabajando para ofrecerte unas interesantes enseñanzas sobre lo mal que está el mundo y lo mucho que su ficticio jefe celestial puede hacer para arreglar todos nuestros males terrenos y espirituales. Claramente, a ellos les funciona su fe en los arreglamundos de las alturas: no hay más que ver que no necesitan trabajar porque siempre llegan en horas laborables, porque van vestidos con ropa de color beige de buena calidad y clásica, de esa que tiene por lo menos 30 años, y por lo general se les ve sonrientes y bien alimentados. Para librarte de ellos, lo mejor es decirles que eres musulmán y que aborreces toda modalidad de cristianismo. Nunca, repito, nunca hay que decirles que eres ateo. Eso es como echar leña al fuego: les da fuerzas para insistir en convencerte de las bondades de toda esa gama suya de divinos personajes de ficción y no te los quitas de encima ni en dos horas.

El segundo clásico de la interrupción a domicilio del traductor de a pie son los y las representantes comerciales de las compañías de la luz, el agua y el gas —en mi caso, Iberdrola y Gas Natural—, que son tan variados e innumerables como los project managers de cualquier gran agencia de traducción inglesa (y, por lo que parece, los van rotando con la misma frecuencia). Se trata de una especie invasora de aparición reciente que, emulando a esa otra plaga de nuestros tiempos, la del mejillón cebra, se deben de encaramar por los desagües para colarse en nuestras escaleras sin pasar por el filtro del traductor que responde al interfono. Ellos van siempre de traje, aunque tienen pinta de tener entre catorce y dieciséis años, por el tenue bigotillo de recadero que lucen y porque los trajes y las camisas que llevan parecen heredados de un difunto que era más corpulento y cuelligrueso. Lo más divertido que se puede hacer con ellos es soltarles de buenas a primeras un ordinal bien gordo, como «Eres el septuagésimo octavo que me envía Iberdrola» y observar la cara que se les queda, como de «¿Me estará insultando o qué». Normal, pues como todos los días podemos comprobar simplemente viendo los telediarios, al parecer en la ESO ya sólo enseñan los ordinales hasta el número diez. Ellas van como disfrazadas de azafata de congresos o algo así, elegantes al estilo mercadillo, y suelen pertenecer a la peligrosa subespecie choni. La última que vino, al decirle yo que me dejase en paz, que estaba trabajando, me espetó en un tono de lo más zafio y barriobajero: «¡Anda ya! ¿Y qué más? Si vas en chándal y zapatillas…». Le tuve que recordar que esas no son maneras de tratar a un posible cliente, ni que vaya en chándal ni que vista de Prada (ni a nadie, vamos).  y dieciueda ofrecer la competencia. VanEstos impúberes trajeados siempre tienen suculentos descuentos que ofrecerte y que, por supuesto, superan enormemente a cualesquiera otros que te pueda ofrecer la competencia. La única manera de librarte de ellos sin recurrir a armas contundentes es decirles que la compañía a la que representan ya te aplica en la factura los correspondientes descuentos, de los que estás muy contento, por cierto. Jamás de los jamases hay que decirles que ya tienes esos descuentos pero con otra compañía competidora. Eso hace que les entre un síndrome idéntico al de los testículos de Jehová y que procedan a largarte la lista infinita de las bondades de «sus» celestiales descuentos y ya no te libras de ellos ni en dos horas.

El voraz de Pini con los restos de una visita inoportuna.

Luego está una tercera especie de intrusos, aunque son los menos frecuentes: los cacos desvalijaviejas. Hace unos meses llamó a mi puerta una pareja de lo que a mí me parecieron zíngaros balcánicos semidisfrazados de comerciales o vendedores de alguna clase. Mientras ella, muda, me entregaba un documento metido en una funda de plástico para que lo inspeccionase, documento que no acepté porque vi al instante que el membrete no era de ningún estamento oficial y ya me olí la tostada, su escurridizo compinche hizo amago de colarse en casa. En esas apareció el perro, ladrando de alegría, lo que detuvo temporalmente al intruso, que obviamente no tenía ni idea de perros, así que un servidor aprovechó para valerse de su voz de estibador portuario y de toda la retahíla de tacos que ha ido acumulando a lo largo de los años para echarlos a los dos de allí de malas maneras y llamar inmediatamente a la policía municipal (que, por supuesto, jamás apareció).

Al final, de tanto bregar con estas gentes se te va formando un callo en el carácter que te hace invulnerable a los que te llaman por teléfono y les dices que tienen mal el número e, insistentes, vuelven a llamar con la errónea idea de que se han equivocado al marcarlo, a las señoras que, en la cola del supermercado, te sueltan un alegato digno de Perry Mason para justificar que tienen que pasar por caja antes que tú, a los jubiletas que te cuentan la vida y milagros de su perro Blacky o Laica cuando te los cruzas por el parque mientras paseas al tuyo, al borrachuzo pegajoso con ganas de palique que hay en todos los bares de España y a cualquier otra clase de plasta profesional o amateur que pueda existir en este mundo. Algo bueno tenía que tener, ¿no? 

martes, 13 de marzo de 2012

Entrevista en RNE a propósito de Moby-Duck


La semana pasada, para mi sorpresa, me telefonearon del programa Españoles en la mar de Radio Exterior (RNE) para entrevistarme sobre el libro Moby-Duck, de Donovan Hohn, acerca del cual ya escribí esta entrada el mes pasado.

viernes, 24 de febrero de 2012

Premio al bloguero versátil, o cómo meter a un perezoso en una encerrona

Esto del Versatile Blogger Award va así, según tengo entendido:

1. Dale las gracias a quienes te hayan premiado y añade un enlace a su perfil o blog en tu entrada.
2. Comparte siete cosas sobre ti.
3. Pásale el premio a otros 15 blogs que hayas descubierto recientemente y/o que disfrutes leyendo.
4. Ponte en contacto con los blogueros premiados para que sepan que lo están.

Vamos allá, pues:

1. Infinitas gracias a Mercedes García Lledó y a Sebastián Cervantes Bonet por haberme incluido en esta cadena de entradas de blogs de traductores con premio cuyo premio consiste en hacerme escribir una entrada en el blog. ¡Qué ocurrencias tiene la gente! 

jueves, 16 de febrero de 2012

Libros de letras


Aunque el título de esta entrada parezca redundante, enseguida se verá que no lo es en absoluto. Aquí van dos de los últimos trabajos que he hecho para la Editorial Gustavo Gili y de los que me siento muy orgulloso. El primero es Lettering, de Andrew Haslam, en el que me ocupé de la edición y parte de la traducción. El segundo es Cómo diseñar un tipo, de Design Museum, de cuya traducción me encargué. Ambos son títulos dedicados al arte —oficio, artesanía, técnica... cada uno llámelo como quiera— de crear letras.



lunes, 6 de febrero de 2012

Moby-Duck, un cúmulo de felices circunstancias





Después de veinte años en esto de los libros, puedo asegurar que son muy contadas las ocasiones en las que se han dado las felices circunstancias para que uno disfrute del trabajo como he disfrutado yo con Moby-Duck. Tampoco es que se hayan alineado los planetas ni que haya pasado nada extremadamente raro o milagroso, no. Pero que una colega —¡Gracias, Isabel!— te recomiende a una editorial sin apenas conocerte, habiendo coincidido casi de pasada en una red virtual de traductores de todo el mundo donde lo más fácil es que uno confunda las caras, los nombres y las intervenciones de los colegas de profesión, que esa editorial te proponga traducir un libro sin que hayas trabajado jamás para ellos pese a que se trata de una de las grandes editoriales de este país y parte del extranjero, que leas el libro y te parezca cojonudo, que repases la crítica nacional y foránea y coincidas en que es una obra amena e interesante que combina con pasmosa naturalidad la novela de aventuras navales con el periodismo de investigación, la divulgación científica con la denuncia ecologista, las crónicas de exploración y supervivencia en el Ártico con un ensayo lleno de ternura acerca de la infancia y una aguda reflexión sobre la sociedad de consumo con la narrativa de viajes, que te pases dos meses inmerso en la traducción sin dejar de disfrutarla, pese a que entrañe bastante dificultad —no porque esté mal escrito, como ocurre tantas veces cuando uno traduce un texto, sino más bien por la diversidad de temas que toca y el esfuerzo de documentación que ello exige—, que contactes con el autor para consultarle cuatro cosillas y que, además de escribir de maravilla, sea un tío más majo que las pesetas, que ocurra todo eso y que, encima, te paguen... bueno, cómo decirlo: para un servidor es francamente un lujo más que escaso.

viernes, 9 de septiembre de 2011

De carpetas, books, portfolios y otros currículos visuales

Quienes lleven ya un par de décadas trabajando en el mundo editorial, en grafismo, en publicidad o en prensa recordarán sin duda lo que antes de la era digital se llamaba «carpeta de trabajos» o «book». Se trataba generalmente de un pesado armatoste para presentar hojas de papel de formato A3 o A2, con anillas y tapas duras (en cartón o en símil-piel) y una indispensable asa en el lomo que permitía al ilustrador, diseñador, maquetador, fotógrafo y otras variedades de profesional creativo transportar dicho mamotreto en su abnegado —y tantísimas veces infructuoso— pulular por agencias, editoriales y medios de comunicación.